Los centros de pensamiento regional Atarraya, Cesore y Fundesarrollo entregaron recientemente al nuevo gobierno el documento “Caribe 2030: prioridades para una agenda de desarrollo de nuestra región”. Este trabajo es el fruto de investigaciones adelantadas en los últimos años y contiene una hoja de ruta de lo que puede ser una senda de progreso y bienestar sostenibles para la región. El documento plantea soluciones a problemas estructurales en materia de pobreza, seguridad, salud, educación, trabajo, energía, infraestructura, transición demográfica, juventud, transparencia y medio ambiente.
Este diagnóstico tiene la virtud de haber sido construido colectivamente de abajo hacia arriba, desde la base de los territorios, escuchando la gente y con las observaciones y análisis independientes de estos tres centros de estudios que conocen la región, han estudiado sus problemas y entienden la identidad y cultura que la caracteriza. No es un ejercicio típico de planeación desde una fría y lejana oficina central; es el resultado de un dialogo regional fluido, ilustrado y metódico, que puede ser muy valioso para sacar adelante las transformaciones profundas que requiere el caribe colombiano.
Sin embargo, diagnósticos técnicos e independientes como éste, que indican lo que hay que hacer, no son suficientes por sí solos para producir los cambios necesarios y alcanzar logros sostenibles. Para realizar una transformación exitosa se requiere, y esto es lo más complejo, agregar la voluntad política para realizar las acciones necesarias, el aspecto humano del cambio. Es el compromiso y la decisión incondicional para pasar de la intención a la acción, del diagnóstico al resultado, con método y disciplina, con planes rigurosos, cambiando políticas, asegurando recursos, adaptando comportamientos, abandonando prácticas que ya no sirven e incorporando otras nuevas. La falta de voluntad y liderazgo para hacer lo que haya que hacer, con resolución y firmeza, son la principal barrera de todo esfuerzo de transformación. Por ello y por la incapacidad de las personas para cambiar comportamientos y adaptarse a las nuevas realidades es que la mayoría de los programas de cambio fracasan.
Para fortuna de todos en esta ocasión el panorama puede ser distinto. Nos asiste la esperanza de que el presidente electo, cordobés auténtico, que conoce de primera mano los retos y oportunidades de la región, tendrá también la voluntad política necesaria para transformar este diagnóstico en realidad. Pocas veces en la historia se presentan oportunidades como esta. Hay que aprovecharla



